En el laberinto...
Hay momentos en la vida en los que uno siente que camina dentro de un laberinto. No hay mapas, no hay señales claras y, muchas veces, tampoco hay nadie que nos diga si vamos en la dirección correcta.
Avanzamos probando caminos. Algunos parecen prometedores y terminan en un muro. Otros empiezan oscuros y estrechos, pero poco a poco se abren hacia lugares inesperados. Así es la vida: una sucesión de pasillos, giros y decisiones que solo entendemos cuando miramos hacia atrás.
En el laberinto aprendemos cosas que fuera de él nunca descubriríamos. Aprendemos paciencia cuando el camino se alarga. Aprendemos humildad cuando nos equivocamos de salida. Aprendemos valentía cuando, a pesar del miedo, seguimos avanzando.
Porque lo cierto es que todos estamos en algún tipo de laberinto.
El del trabajo que no sabemos si cambiar.
El de una relación que ya no es como antes.
El de los sueños que no se cumplieron como imaginábamos.
O el de las decisiones que pesan más de lo que pensábamos.
Pero hay algo importante que casi nunca vemos mientras estamos dentro: los laberintos no están diseñados para perdernos para siempre, sino para obligarnos a movernos.
Cada paso, incluso el que parece equivocado, nos enseña algo. Cada pared nos obliga a replantear la ruta. Cada vuelta nos acerca un poco más a entender quiénes somos y hacia dónde queremos ir.
Quizá la salida no sea el punto final.
Quizá la verdadera razón del laberinto sea el camino que recorremos dentro de él.
Porque mientras buscamos la salida, en realidad estamos construyendo algo mucho más importante: nuestra propia historia.
Y un día, casi sin darnos cuenta, miraremos atrás y entenderemos que el laberinto no era una trampa.
Era el camino. ✨
Comentarios