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¿Valentía?

¿Valentía? De las cosas malas casi nadie habla. Tal vez porque hay gente que se alegraría de nuestras caídas. Todos nos hemos cruzado con alguien así. O tal vez porque, en este escaparate constante en el que se han convertido las redes sociales, parece más fácil —y casi obligatorio— enseñar solo lo bonito, lo que brilla, lo que encaja. Pero la realidad no funciona así. Los datos de suicidio están ahí. Son incómodos. Son escandalosos. Y, sobre todo, son una prueba de algo que preferimos no mirar de frente: todos llevamos cargas. Algunas pesan tanto que cuesta incluso nombrarlas. Hoy quiero hacer justo lo contrario. Hoy quiero hablar. No desde la teoría, sino desde lo vivido. A principios de 2012, el año en el que nació mi sobrina —y estoy convencida de que llegó al mundo, en parte, para ayudarme—, mi vida se rompió de golpe. Once años de relación, desde el instituto, compartiendo sueños, ideas, incluso una forma de ver el mundo… y, de repente, todo salta por los aires. Acababa de compra...

RESISTIR: UNA FORMA DE GANAR

 Una de las cosas que aprendemos en el colegio es que los abusones existen, que la injusticia campa a sus anchas y que la envidia circula libremente, buscando siempre al diferente, al que destaca, al que brilla un poco más de lo que otros soportan. Lo asumimos como parte de la infancia, casi como una etapa que, con suerte, se supera. Cuando crecemos, tendemos a pensar que todo eso cambiará con la vida adulta. Que el aprendizaje, la experiencia y los golpes nos harán mejores personas. Que la madurez traerá consigo empatía, respeto y cierta justicia. Pero, ay… qué gran mentira. La realidad es que muchas veces todo sigue igual, e incluso se amplifica. En el mundo adulto, los juegos son más sutiles, pero también más crueles. Se juega con el pan de la gente en los trabajos, con la estabilidad emocional en las relaciones y con las ilusiones que tanto cuesta construir. Cambian los escenarios, pero no siempre cambian las intenciones. Sigue habiendo personas que no ayudan, que compiten d...

El gran solucionador

Hay una figura que siempre me ha fascinado. No es un héroe al uso, ni tiene por qué ser alguien admirable en todos los sentidos. Es, más bien, un intermediario necesario. Un gestor de conflictos. Alguien que aparece cuando todo se ha torcido demasiado. En la serie Ray Donovan , él es eso: el gran solucionador. El hombre al que llaman cuando ya nadie sabe qué hacer. Cuando hay un escándalo, un error irreparable, una situación que se ha ido de las manos. Él no da consejos. No teoriza. No acompaña desde la distancia. Actúa. Y a veces pienso que eso es exactamente lo que nos falta en la vida real. Porque sí, vivimos en una época en la que hablar de emociones está bien visto. En la que la ayuda psicológica ha dejado de ser tabú —y menos mal—. Pero entre tanto análisis, tanta introspección y tanto “trabajo personal”, hay algo que se nos está quedando cojo: la acción concreta hacia los demás. Nos faltan solucionadores. Nos falta alguien que, cuando en tu trabajo te están tratando mal, no solo...

En el laberinto...

  Hay momentos en la vida en los que uno siente que camina dentro de un laberinto. No hay mapas, no hay señales claras y, muchas veces, tampoco hay nadie que nos diga si vamos en la dirección correcta. Avanzamos probando caminos. Algunos parecen prometedores y terminan en un muro. Otros empiezan oscuros y estrechos, pero poco a poco se abren hacia lugares inesperados. Así es la vida: una sucesión de pasillos, giros y decisiones que solo entendemos cuando miramos hacia atrás. En el laberinto aprendemos cosas que fuera de él nunca descubriríamos. Aprendemos paciencia cuando el camino se alarga. Aprendemos humildad cuando nos equivocamos de salida. Aprendemos valentía cuando, a pesar del miedo, seguimos avanzando. Porque lo cierto es que todos estamos en algún tipo de laberinto. El del trabajo que no sabemos si cambiar. El de una relación que ya no es como antes. El de los sueños que no se cumplieron como imaginábamos. O el de las decisiones que pesan más de lo que pensábamos....

A ti...

A ti , que nunca pensaste que la vida te trataría mal; a ti , que te imaginabas viviendo una vida feliz, llena de risas e ilusión; a ti , a quien la salud, el amor y el dinero tratan regular y que luchas cada día con una sonrisa y los ojos llenos de tristeza… A ti. Estas palabras van para ti, que luchas tanto. Puede que nunca tengas la vida soñada, y eso duele. Pero todavía quedan cosas por vivir. No bajes tanto la cabeza como para no verlas.

Madrid

Para gobernar Madrid, hay que tener una pasión y una gran grandísima vocación. No se puede tener todo en obras y hacer sufrir tanto a los ciudadanos sin importar lo duro que sea su día a día. No se puede tener todo tan absolutamente sucio y pretender que la Tasa de Basuras pase desapercibida. No se puede tratar la cultura de la ciudad como si fuese una lista de la compra. No se puede crear un Madrid como un gran parque de atracciones que solo se pueda visitar pero que no se pueda vivir. No se puede jugar con los barrios y con la vivienda como si fuese un Monopoly. Siempre amé mi ciudad, pero así no, así nos arrojan a muchos a querer marcharnos lejos. No podemos disfrutarte querida ciudad, no podemos vivirte. Así no.

CARTAS PARA NADIE

 ¿Dónde van las letras que cuentan una historia? La música es más efímera que el cine. Se escapa, se desvanece en cuanto termina la última nota y las plataformas digitales la han convertido en aún más pasajera. Y, sin embargo, hay canciones que guardan en su interior vidas enteras: amores imposibles, despedidas, heridas, memorias. Letras que parecen pequeñas confesiones al aire, cartas sin dirección que alguien, en algún lugar, podría escuchar justo cuando más lo necesita. Me gusta imaginar que existe un lugar secreto, un departamento invisible de ayuda a domicilio, donde todas esas canciones llegan después de ser cantadas. Allí se archivan anhelos, se ordenan recuerdos y se cumplen, en silencio, los deseos que nunca llegaron a destino. Un lugar mucho más real y eficaz que pedirle favores al universo. Una vez soñé con una chica que escribía cartas a su amado. No ponía dirección ni remitente: simplemente las dejaba caer en un buzón cualquiera, sabiendo que nunca serían entregadas. E...