¿Valentía?
¿Valentía? De las cosas malas casi nadie habla. Tal vez porque hay gente que se alegraría de nuestras caídas. Todos nos hemos cruzado con alguien así. O tal vez porque, en este escaparate constante en el que se han convertido las redes sociales, parece más fácil —y casi obligatorio— enseñar solo lo bonito, lo que brilla, lo que encaja. Pero la realidad no funciona así. Los datos de suicidio están ahí. Son incómodos. Son escandalosos. Y, sobre todo, son una prueba de algo que preferimos no mirar de frente: todos llevamos cargas. Algunas pesan tanto que cuesta incluso nombrarlas. Hoy quiero hacer justo lo contrario. Hoy quiero hablar. No desde la teoría, sino desde lo vivido. A principios de 2012, el año en el que nació mi sobrina —y estoy convencida de que llegó al mundo, en parte, para ayudarme—, mi vida se rompió de golpe. Once años de relación, desde el instituto, compartiendo sueños, ideas, incluso una forma de ver el mundo… y, de repente, todo salta por los aires. Acababa de compra...