¿Valentía?
¿Valentía?
De las cosas malas casi nadie habla.
Tal vez porque hay gente que se alegraría de nuestras caídas. Todos nos hemos cruzado con alguien así.
O tal vez porque, en este escaparate constante en el que se han convertido las redes sociales, parece más fácil —y casi obligatorio— enseñar solo lo bonito, lo que brilla, lo que encaja.
Pero la realidad no funciona así.
Los datos de suicidio están ahí. Son incómodos. Son escandalosos. Y, sobre todo, son una prueba de algo que preferimos no mirar de frente: todos llevamos cargas. Algunas pesan tanto que cuesta incluso nombrarlas.
Hoy quiero hacer justo lo contrario. Hoy quiero hablar.
No desde la teoría, sino desde lo vivido.
A principios de 2012, el año en el que nació mi sobrina —y estoy convencida de que llegó al mundo, en parte, para ayudarme—, mi vida se rompió de golpe.
Once años de relación, desde el instituto, compartiendo sueños, ideas, incluso una forma de ver el mundo… y, de repente, todo salta por los aires.
Acababa de comprar una casa.
Una hipoteca recién firmada.
Un proyecto de vida que, en cuestión de semanas, dejó de existir.
Pero en aquel momento, mucho más joven que ahora, recuerdo perfectamente mi decisión:
“vale, puedo con esto”.
Y decidí seguir adelante sola. Con todo.
A los pocos días de firmar ante notario y asumir esa responsabilidad hipotecaria, me quedé en paro.
Plena crisis.
Recortes.
Silencio.
Había trabajado en buenos sitios, había tenido un buen puesto, contactos, experiencia. En teoría, todo lo que “te protege”.
Pero nadie llamaba.
Nadie. Ni siquiera para entrevistas.
La crisis fue tan brutal, había tanta gente en paro, que parecía que nunca había hueco para ti en ningún sitio.
Solo un par de personas de mi etapa política anterior se preocuparon.
Y mi familia, claro. Mi familia estuvo ahí. Y menos mal.
Sobrevivir se convirtió en una estrategia diaria.
Pagar más de hipoteca de lo que recibía de paro se convirtió en un “divertido” ejercicio de malabares.
Clases particulares a 12 euros la hora y media.
Algún trabajo esporádico.
Cuentas al milímetro.
Mi madre me daba comida cuando podía.
Mis tíos, que además eran mis vecinos, también.
Y aun así, no llegaba.
Mezclaba la leche con agua para que durara más.
Hubo semanas enteras con 12 euros bien guardados en el bolsillo, porque era todo lo que tenía.
Y entonces descubres cosas de ti que no sabías.
Lo que significa ir al supermercado con cada céntimo calculado:
un paquete de salchichas de 0,60 o un yogur podían ser una cena.
Lo que es caminar a todas partes para no gastar en transporte:
el Metrobús tenía que durar lo máximo posible, por si surgía una entrevista.
Lo que supone sentarte en una terraza… y no pedir nada:
necesitas socializar más que nunca, pero no puedes permitírtelo.
Aprendes a sobrevivir.
Pero también aprendes lo que cuesta sostener la dignidad en una sociedad que constantemente te recuerda lo que no tienes.
Recuerdo mirar al suelo al caminar, por si encontraba alguna moneda.
Y también recuerdo entender algo que antes juzgaba:
¿Por qué alguien puede robar algo “tonto”, como una crema para la cara?
No por necesidad extrema.
Sino por querer sentirse, aunque sea un momento, dentro de la normalidad.
Han pasado 14 años.
Y sigo pagando esa hipoteca yo sola.
Y mi vida no es, ni de lejos, lo que imaginé.
Trabajo mucho. Muchísimo.
Y aun así, las cuentas no salen.
Hay días en los que me siento orgullosa, a pesar de todo.
Y otros en los que me pregunto, con una honestidad brutal, si todo esto merece la pena.
La suerte… no siempre ha estado de mi lado.
Aunque es verdad que apareció en el momento justo para salvarme la vida: un tumor en la cabeza que podría haber terminado con todo.
Y eso, inevitablemente, te hace sentir menos desafortunada.
Pero hay otros “milagros”, esos pequeños o grandes giros que una espera, que imagina, que necesita para seguir creyendo…
Esos no han llegado.
O al menos, no como yo pensaba.
Y aun así, sigo.
Porque hay cosas que sostienen.
Mi madre.
Mi hermana.
Mi sobrina.
Mi refugio.
Mi orgullo.
Mi red.
Quizá la valentía no es lo que nos han contado.
Quizá no es ganar, ni brillar, ni conseguir todo lo que soñabas.
Quizá la valentía es esto:
seguir pagando,
seguir trabajando,
seguir levantándote,
seguir… incluso cuando no tienes claro para qué.
Y aun así, aquí estoy.
Contándolo.
Porque, tal vez, hablar de lo difícil también es una forma de sostenernos.
Comentarios