RESISTIR: UNA FORMA DE GANAR

 Una de las cosas que aprendemos en el colegio es que los abusones existen, que la injusticia campa a sus anchas y que la envidia circula libremente, buscando siempre al diferente, al que destaca, al que brilla un poco más de lo que otros soportan. Lo asumimos como parte de la infancia, casi como una etapa que, con suerte, se supera.

Cuando crecemos, tendemos a pensar que todo eso cambiará con la vida adulta. Que el aprendizaje, la experiencia y los golpes nos harán mejores personas. Que la madurez traerá consigo empatía, respeto y cierta justicia. Pero, ay… qué gran mentira.

La realidad es que muchas veces todo sigue igual, e incluso se amplifica. En el mundo adulto, los juegos son más sutiles, pero también más crueles. Se juega con el pan de la gente en los trabajos, con la estabilidad emocional en las relaciones y con las ilusiones que tanto cuesta construir. Cambian los escenarios, pero no siempre cambian las intenciones.

Sigue habiendo personas que no ayudan, que compiten desde la sombra, que critican a espaldas y que encuentran en el daño ajeno una forma de sentirse un poco menos vacías. Y lo más duro no es solo que existan, sino que, en muchas ocasiones, su impacto cala más hondo de lo que nos gustaría admitir.

Porque no, no siempre todo esto nos hace más fuertes. A veces nos cansa. Nos desgasta. Nos hace dudar. Nos obliga a recomponernos una y otra vez cuando lo único que querríamos es vivir en paz.

Y aun así, seguimos.

Seguimos aprendiendo a poner límites, a elegir mejor a quién dejamos entrar, a proteger nuestra energía y a no perder del todo la fe en que también hay gente buena, aunque a veces cueste encontrarla. Porque sí, sobrevivir es, en muchos momentos, lo único que podemos hacer. Pero dentro de esa supervivencia también hay una forma de resistencia.

Y resistir, aunque no lo parezca, también es una forma de ganar.

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