Mis compañeros de Sin Alma en este vídeo del grupo en el que tanto aportaron, ahora una nueva etapa pero un auténtico descubrimiento para mí y un auténtico placer...
Por desgracia, últimamente no hablo mucho de política en este blog. No porque no me guste, sino por lo que despierta en la gente. No me gusta la confrontación ni la división entre los seres humanos; soy más de luchar por lo que nos une que por lo que nos separa. Además, para mí la política es el arte de luchar por la justicia y la igualdad; una forma de trabajar por un mundo mejor y de intentar equilibrar una sociedad injusta, marcada por el sistema capitalista y competitivo en el que vivimos. Sin embargo, hoy voy a saltarme esa norma para hablar de la sentencia del Tribunal Supremo relacionada con Ábalos, Koldo y Aldama. No voy a decir mucho, pero hay algo que no puedo evitar preguntarme: ¿un violador o un asesino van a pasar menos tiempo en la cárcel que este hombre? Perdón, pero no lo entiendo. Y, sinceramente, creo que ni en mil vidas llegaré a entenderlo. Creo, francamente, que la permanencia en prisión debería medirse por la peligrosidad de una persona y por el daño que ha infrin...
Para gobernar Madrid, hay que tener una pasión y una gran grandísima vocación. No se puede tener todo en obras y hacer sufrir tanto a los ciudadanos sin importar lo duro que sea su día a día. No se puede tener todo tan absolutamente sucio y pretender que la Tasa de Basuras pase desapercibida. No se puede tratar la cultura de la ciudad como si fuese una lista de la compra. No se puede crear un Madrid como un gran parque de atracciones que solo se pueda visitar pero que no se pueda vivir. No se puede jugar con los barrios y con la vivienda como si fuese un Monopoly. Siempre amé mi ciudad, pero así no, así nos arrojan a muchos a querer marcharnos lejos. No podemos disfrutarte querida ciudad, no podemos vivirte. Así no.
¿Valentía? De las cosas malas casi nadie habla. Tal vez porque hay gente que se alegraría de nuestras caídas. Todos nos hemos cruzado con alguien así. O tal vez porque, en este escaparate constante en el que se han convertido las redes sociales, parece más fácil —y casi obligatorio— enseñar solo lo bonito, lo que brilla, lo que encaja. Pero la realidad no funciona así. Los datos de suicidio están ahí. Son incómodos. Son escandalosos. Y, sobre todo, son una prueba de algo que preferimos no mirar de frente: todos llevamos cargas. Algunas pesan tanto que cuesta incluso nombrarlas. Hoy quiero hacer justo lo contrario. Hoy quiero hablar. No desde la teoría, sino desde lo vivido. A principios de 2012, el año en el que nació mi sobrina —y estoy convencida de que llegó al mundo, en parte, para ayudarme—, mi vida se rompió de golpe. Once años de relación, desde el instituto, compartiendo sueños, ideas, incluso una forma de ver el mundo… y, de repente, todo salta por los aires. Acababa de compra...
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